Hoy me acorde de mi perro, y recordé como era levantarme con
el sonido de su cola “feliz” golpeando el piso cuando mi amada, su madre, iba a
su encuentro como primera actividad del día. Este sonido nunca falto en el
tiempo que compartimos, nunca se levantaba sin este gesto, como si verla fuese
el único objetivo en esta vida. Recuerdo también esos días en que apurado,
cruzaba por el estar ubicado entre el cuarto y la cocina a calentar el agua
para el desayuno y recuerdo sus ojos piadosos tratando de hacerme entender con
la mirada que el apuro nunca es buen consejero.
Volvió a mí la sensación de caminar bajo la lluvia sin
fastidiarme por perder mi condición de “seco”. De sentir como nuestra felicidad
se concreta en la necesidad del otro, de sonreír cada vez que elegía pasar por
el medio de un charco a darle la vuelta; codo a codo, compartíamos historias de
sus amores, de mis enemigos, de canciones y lugares como los que más de una vez
visitamos juntos. La delicadeza que nunca tuve aparecía espontáneamente cuando
abría la puerta sabiendo que se recostaba detrás de ella, bien cerca, a la
espera de ese roce que le indicara que alguien a quien él esperaba había
llegado.
Lo recuerdo y lo siento como en aquellos días en que
compartíamos la vida en la que nos toco coincidir. Lo recuerdo y lo imagino,
acostado en su lugar de la casa, hay días que incluso acaricio el aire creyendo, que en
ese delirio de mi razón, nos mantenemos en contacto; inalterables.
Extraño tener un amor tan grande y tan puro cerca. Capaz de
aclarar cualquier penumbra que nuestra
condición de ser humano, en su individualidad, trate de imponer como prioridad.